Hace unos 10 meses, como sabéis todos, cambié de trabajo. Empecé a trabajar en un colegio concertado de Sevilla. Es un colegio católico titulado por una congregación de hermanas.
Bien, aunque resulte extraño de creer, las monjas estas no son las típicas que van pidiendo por todos lados, que sobreviven a base de favores, ni nada de eso. La verdad es que, si no lo sabes, ni imaginas que fueran monjas. Además hay cosas de ellas que me sorprenden como, por ejemplo, que la hermana que hace de portera, se pase el día enganchada al msn y con los cascos puestos mandando por internet chistes verdes y demás. O que la directora académica esté deseando que tengas un rato libre para irse contigo a tomar una coca-cola; o, también, que se conviertan en verdaderas estrategas con tal de ayudar a un buen trabajador o de molestar a otro que vaya de listillo por el cole. En fin, la verdad es que desde que entré allí no he parado de reir, y conmigo los que me rodean cuando he contado todas las anecdotas que nos han acontecido.
Pues bien, hoy quiero contaros una, de la que ahora me parto pero que me puso en una situación muy desagradable cuando ocurrió. A ver, poneros en situación: era mi primer claustro en ese cole, así que iba un poco nerviosa porque además había que discutir todo lo referente a la finalización del primer trimestre y había varias cosas que yo no veía bien. Lunes, a la 16:00 horas, recién comida, entro en la sala de claustros, suelto mis cosas y cuando me voy a sentar….. me encuentro con unas bragas (de estas sobaqueras que nosotras las llamamos) turquesas y llenas de encajitos justo encima del calentador.
Me quedé pensando y dije: esto tiene que ser de la monja porque es la única que vive aquí; ¿y yo cómo voy ahora con las bragas en la mano a decirle a esta mujer que las guarde antes de que lleguen todos los demás? ¿ Y si hago como que no he visto nada? Al rato, llegó mi amiga, las vio, y empezamos a descojonarnos. Me faltaba el aliento y además era incapaz de parar. Mi amiga se lo dijo a la hermana y, esta sin complejo alguno, entró recogió sus bragas, nos contó la historia de qué hacian alli y salió por donde había entrado.
Al poco, llegó la directora y el resto de profesores, y mi amiga y yo que no podíamos dejar de reirnos; llorábamos de la risa y así nos llevamos todo el claustro. Cuando acabamos, nos preguntó la directora y se lo contamos, lógico. Si la vierais mearse de la risa y picar a la otra monja (es decir, la dueña de las braguitas)… Definitivamente si ese día no me despidieron, creo que llevo bastante adelantado.

se le ocurrió poner como señal para saber dónde la habían enterrado.